La Economía del Conocimiento y el Capitalismo Cognitivo

Análisis de una nueva división del trabajo internacional


Por Barbara Turner, miembro de Observatorio de Economía Política Internacional




Introducción

La llegada del nuevo siglo XXI trajo consigo un proceso de cambios paradigmáticos que modificarían radicalmente los patrones de relacionamiento entre países y regiones que se gestaban hasta ese momento. Dentro del nuevo escenario mundial, es posible observar diversos procesos de transición que han generado una nueva distribución del poder, una nueva internacionalización del trabajo y una reestructuración de la posición de los Estados frente a actores no estatales.

En muchos sentidos, la sexta ola de globalización de 1980-2000 que propone Therborn (2000) ha sido relacionada con la crisis del capitalismo industrial, lo que ha llevado a variados autores a propiciar los peores pronósticos para su futuro. No obstante, hoy en día diversas disciplinas han puesto en duda la pérdida de jerarquía del capitalismo, aunque existe consenso sobre su modificación en diversos aspectos y su propia transición hacia el llamado Capitalismo Cognitivo.

Esta transición ha modificado aspectos centrales del capitalismo, como las mercancías y el trabajo, pero no ha atemperado la brecha existente entre los países centrales y aquellos en vías de desarrollo, sino que la ha ampliado. En este sentido, cabe preguntarse acerca de las características de este nuevo modelo capitalista y sus diferencias con el pasado, para lograr un análisis acerca del lugar otorgado a la periferia en esta nueva configuración y sus posibilidades de superación.


1. Globalización y Capitalismo Cognitivo

Como se ha explicitado anteriormente, es la sexta ola de globalización propuesta por Therborn (2000) en la que se produce la crisis del capitalismo conocido hasta ese entonces, para transformarse en el nuevo Capitalismo Cognitivo. El autor propone que, como tantos otros conceptos de las ciencias sociales, el término globalización implica significados variables y numerosas contradicciones. Incluso los académicos poseen dificultades para acordar entre sí su significado. A pesar de aquello, él plantea una definición general de globalización, que refiere a “tendencias hacia un alcance, impacto o conexión mundial de los fenómenos sociales o a una conciencia global entre los actores sociales” (Therborn, 2000: 154).

A su vez, discute con otros autores y expresa que no existe sólo un tipo de globalización, sino que existen (y han existido) diversas “globalizaciones” (Therborn, 2000: 151). En este sentido, presenta seis oleadas de globalización que van desde la difusión de las diversas religiones por el mundo y su establecimiento, la conquista europea y sus exploraciones navales, hasta las dos Guerras Mundiales, la Guerra Fría y, por último, la dinámica actual, que comienza en la segunda mitad de la década de 1980 con la enorme expansión del comercio de divisas después de la ruptura del sistema internacional de Bretton Woods. Esta última oleada se corresponde con la difusión de un tipo de maquinaria que revolucionó la forma de producir y dirigir el desarrollo hasta ese entonces, abriendo paso a una nueva faceta del capitalismo. Pérez (1992) describe que esta revolución tecnológica (aún en proceso) aparece cuando el conocimiento como capital intangible, las estructuras de redes, la descentralización de la producción y el uso intensivo de la información a través de la computarización irrumpen en el proceso productivo, dando paso al Capitalismo Cognitivo.

De esta suerte, Míguez (2014) determina a esta nueva etapa del desarrollo capitalista que coloca al conocimiento y al cambio tecnológico en el centro de los procesos de valorización y producción, como la consolidación de un nuevo paradigma tecnológico, ligado a la difusión de nuevas tecnologías de información que permiten una capacidad revolucionaria de almacenamiento, procesamiento y transmisión de la información nunca antes vista. Estas nuevas tecnologías constituyen los nuevos medios de producción y, por lo tanto, el hombre portador de conocimiento se vuelve el nuevo actor fundamental del proceso de producción. Así, aquel saber social anteriormente traducido en la máquina, denominado “General Intellect” (Marx, 1973: 626), deviene cada vez más en un atributo del “trabajo vivo” (Míguez, 2014: 31).

Sin embargo, Vercellone (2016) establece que el rol clave del conocimiento en la dinámica histórica del capitalismo no es una novedad, e identifica tres etapas en las cuales se articulan modos heterogéneos de desarrollo en cuanto a la división del trabajo y a la regulación del saber. La primera de ellas corresponde al Capitalismo Mercantil, desde fines del siglo XVI hasta el siglo XVIII, de tipo preindustrial, basada en la manufactura y de una relación capital-trabajo en la cual el conocimiento y el saber de los artesanos era central. Aquí, la evolución en las tecnologías textiles y metalúrgicas demostraron ser cruciales, junto con la mejora de las técnicas para obtener y manipular materias primas.

La segunda etapa corresponde al Capitalismo Industrial, resultado directo de la Segunda Revolución Industrial, entre el siglo XIX y el siglo XX, junto a la constitución de laboratorios de investigación, el desarrollo de las grandes empresas y el impulso de normas fordistas-tayloristas de organización de la producción y el trabajo, a través de la parcialización y descalificación del trabajo manual, centrados en los principios de mecanización. En consecuencia, en esta fase puede advertirse la consolidación del “General Intellect” (Marx, 1973: 626), ya que el sujeto no era considerado en su potencia, sino que se colocaba toda su potencialidad en la máquina. El objetivo del taylorismo implicaba ahorrar tiempo y aumentar la velocidad del trabajo (Míguez; Sztulwark, 2018). Para lograrlo, era necesario conocer la forma en la que se elaboraban los productos. Por esa razón, el taylorismo surgió, en un principio, como la forma más avanzada de expropiar el conocimiento de los trabajadores, sistematizándolo en la gestión y generando una separación entre la concepción y la ejecución del trabajo. Por otra parte, el fordismo, al incorporar la línea de ensamblaje, profundizó aún más esta separación y su principal efecto demostró ser la descalificación de la clase trabajadora y el deterioro de sus habilidades técnicas.

En otro orden de cosas, la aparición de nuevos productos y procesos, como el motor de combustión interna o la fundición de acero, e industrias como la química, fueron característicos de este período.

La tercera etapa se ubica en el período de transición que va desde el Capitalismo Industrial hacia el Capitalismo Cognitivo, a partir de la crisis del modelo fordista-taylorista. Se trata de la apertura de una fase histórica en la cual la relación entre el capital y el trabajo, y el rol del conocimiento en la economía, se transforman de manera abismal. Vercellone (2016) observa dos rupturas entre la segunda y la tercera etapa. La primera implica el agotamiento de las necesidades que el capitalismo podía satisfacer a través de sus mecanismos de producción, en especial debido a los avances de los bienes informacionales. La segunda ruptura comprende el potente retorno de la dimensión cognitiva del trabajo (relacionada a la primera etapa), con la preponderancia de “los saberes vivos, incorporados y movilizados por el trabajador, respecto a los saberes muertos incorporados al capital […] y a la organización y administración gerencial de la empresa” (Vercellone, 2016: 28).

De esta manera, la organización del trabajo en el Capitalismo Cognitivo abandona su carácter estandarizado para gestarse, a partir del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información, como una estructura en red con un entramado complejo y heterogéneo de relaciones de cooperación, modificando a su vez, las condiciones de trabajo (Míguez, 2014). En este sentido, el trabajo no se materializa en un producto por fuera del trabajador, sino que permanece consigo, y la imposibilidad de cuantificar las prestaciones en términos de tiempos o de tareas genera que se asista “a un grado de explotación mayor que en el taylorismo” (Míguez, 2014: 41). Mientras que el capital le reconoce al trabajador una autonomía creciente de la organización de la producción, existe una difuminación entre el espacio y el tiempo oficial de trabajo y por fuera de este.

Este despegue de una nueva relación de capital y trabajo tuvo un elemento central para su génesis en la expansión formidable de las políticas del Estado de Bienestar, basado en la provisión de servicios colectivos como la salud, la educación y la investigación, que permitió la elevación del nivel general de formación y, por lo tanto, la transmisión de la producción de conocimiento al capital, desde una “división taylorista a una división cognitiva del trabajo” (Míguez, 2014: 39). Actualmente, a nivel macroeconómico, la parte del capital de tipo intangible ha superado la parte del capital material en stock real y se ha convertido en un factor principal del crecimiento de los Estados (Vercellone, 2016).

Sin embargo, a pesar de sus características de seguridad social y democratización institucional, las tentativas de elevar la rentabilidad y productividad en estas actividades están lejos de desaparecer. En el Capitalismo Cognitivo, la propiedad intelectual es reforzada ya que, como propone Míguez (2014), es el único mecanismo que permite la apropiación privada del conocimiento y su control resulta estratégico para la valorización del capital. La razón se encuentra en que en los sectores de uso intensivo de conocimiento los costos son fijos, relacionados a las inversiones en investigación y desarrollo, mientras que el coste de reproducción e imitación de esos bienes quedan totalmente reducidos. Por lo tanto, se presenta como necesario crear “mercancías ficticias” (Míguez, 2014: 39), a través de patentes de investigación o derechos de autor, que limitan temporalmente la difusión de las innovaciones y reglamentan su acceso.

No obstante, si en los procesos de valorización del capital en el Capitalismo Cognitivo se verifica un proceso de “elevación de barreas a la entrada” (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018: 3) debido a la concentración de la propiedad intelectual y la restricción de la pronta divulgación de innovaciones, Ramírez Gallegos y Sztulwark (2018) identifican que no ocurre lo mismo con otro tipo de etapas de reproducción tecnológica simple, en las que existe una ampliación de su oferta global, a partir de la entrada de nuevos actores. Fue así como se gestó una “desterritorialización de la producción real” (Valdunciel, 2014: 153) en la periferia, mientras que las esferas de diseño e innovación se mantienen en los países centrales.


2. Nueva División del Trabajo Internacional

Como se expuso anteriormente, la nueva División del Trabajo Internacional se caracteriza por una tendencia a la relocalización de las actividades productivas, desde los países centrales hacia la periferia, en especial debido a la existencia de bajos salarios y donde aún existe biodiversidad que pueda ser explotada. En este sentido, Ramírez Gallegos (2017) expone que el surgimiento del Capitalismo Cognitivo difícilmente pueda ser disociado de la lapidación por parte de ciertos países más industrializados de su patrimonio natural, edificando una nueva estructura institucional en la cual la fuente de riquezas proviene de un sistema que no depreda el medioambiente, resignándole a la periferia el lugar de la antigua explotación industrial. De este modo, se introduce la “desconexión forzada” (Vercellone: 2004: 69) de la periferia.

Esta desconexión es presentada por Cimoli et al (2005) como una diferenciación entre las estrategias de inserción y especialización internacional, en las que se diferencian una estrategia de búsqueda de rentas propiciadas por la existencia de un diferencial tecnológico, promoviendo los cambios estructurales y el patrón de especialización, característica de los países centrales, y la estrategia de explotación de las rentas concedidas por el acceso privilegiado a un factor de producción abundante, ya sea mano de obra barata o una dotación favorable de recursos naturales, rasgo distintivo de los países en vías de desarrollo.

Dentro de este último grupo es posible percibir una doble desconexión: de las actividades intensivas de conocimiento, por un lado, y de la posibilidad de acceder a innovaciones a partir de los derechos de propiedad intelectual y las patentes, por el otro.

En primer lugar, es posible observar dos tipos de patrones de especialización en la periferia. El primero implica la tradición exportadora de commodities primarios o de bienes industriales basados en recursos naturales, relacionado a la baja inversión extranjera directa privada con fines productivos y la poca inversión en investigación y desarrollo, como en América Latina (Ramírez Gallegos; Sztulwark, 2018). El segundo involucra la prioridad de elaboración de productos manufacturados para la exportación, pero manteniendo la dependencia en el proceso de generación de conocimiento, como en Asia Pacífico, siguiendo la lógica del “Made in China; Designed in Paris” (Ramírez Gallegos, 2017: 179).

Si bien ambos tipos de especialización pueden ofrecer una gran ventaja inicial para el desarrollo posterior, Cimoli et al (2005) revelan que no es una licencia hacia una posición capaz de sostenerse por sí misma en el largo plazo, sino que generalmente conduce a situaciones indeseables de desigualdad, mala calidad de empleos y heterogeneidad estructural.

En segundo lugar, la desconexión periférica relacionada a la propiedad intelectual se manifiesta en la importación de productos de alto contenido tecnológico que bloquean las posibilidades de ejecutar un proceso interno de construcción de autonomía en el plano del diseño-innovación. Así, es posible reconocer un “estrangulamiento tecno-cognitivo” (Ramírez Gallegos; Sztulwark, 2018: 31) derivado del papel de adoptante pasivo de tecnología en el plano internacional. De esta manera, la existencia de una “brecha tecnológica” (Holland; Porcile, 2005: 40) entre el centro y la periferia genera elevados diferenciales de productividad que limitan la capacidad de los países en vías de desarrollo para diversificar su estructura productiva de una manera competitiva. Es decir, mientras que un sector del sistema internacional experimenta una transición hacia el Capitalismo Cognitivo, otras regiones muestran una inmovilidad estructural en su patrón de especialización productiva, generado precisamente por la Nueva División del Trabajo Internacional que imponen los primeros.

Ahora bien, cabe preguntarse acerca de las posibilidades que tiene la periferia de romper con este círculo vicioso. Ramírez Gallegos y Sztulwark (2018) proponen que el cierre de la brecha tecnológica ya no puede efectuarse a través de procesos de compra y venta de bienes únicamente, sino que debe otorgarse cada vez más importancia a las alianzas relacionadas con proyectos de investigación científica y desarrollo especializado. A su vez, estos últimos deben estar articulados con un proceso de aprendizaje real, en el marco de las necesidades y potencialidades de la región. Para lograrlo, Vercellone (2004) plantea la identificación de los sectores motores sobre los que podría reposar una estrategia de desarrollo adaptada a los desafíos del Capitalismo Cognitivo. Aquello puede ser posible a través de la formación de Sistemas Nacionales de Innovación, es decir, una red de interacción coherente que permita la vinculación entre “potencial tecnológico, consenso social y marco institucional” (Pérez, 1992: 40) que permitan la consecución de un objetivo nacional común (Pérez, 1992; Cimoli et al, 2005).


Reflexiones Finales

Los cambios históricos fundamentales que dieron lugar al nuevo capitalismo, resultan principalmente del hecho histórico y geográfico posibilitado por la oleada de la globalización, localizada entre 1980 y los 2000, que se ha traducido en un nuevo papel central de los medios de producción informáticos, la irrupción del conocimiento en el proceso productivo, la autonomía y explotación creciente del trabajador y una nueva división internacional del trabajo entre centro y periferia.

En el contexto señalado, a los viejos problemas del Capitalismo Industrial se suman la existencia de nuevas tecnologías, la apropiación de las rentas derivadas de ella y los nuevos mecanismos de protección de la propiedad intelectual, cuyas contradicciones recién pueden vislumbrarse (Míguez, 2018). Es posible preguntarse, entonces, acerca de las posibilidades de construcción de un nuevo orden global más humano y justo, que garantice el bienestar social. Como plantea Ramírez Gallegos (2017), tanto en el centro como en la periferia, la disputa política estará en cómo se gestiona la reproducción de la vida material humana, de los ecosistemas naturales y de la vida inmaterial, representada en el conocimiento, las ideas y la comunicación.

Sin embargo, es particularmente necesario para los países en vías de desarrollo comprender la nueva dinámica del Capitalismo Cognitivo, y su acoplamiento al Capitalismo Industrial, para establecer proyectos y políticas acordes a las fortalezas y debilidades de sus propias regiones, en un intento de superar la “brecha tecnológica” (Holland; Porcile, 2005: 40) y su “desconexión forzada” (Vercellone: 2004: 69).


Bibliografía

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