El valor de las ideas (y los datos)

Red Social (David Fincher, 2010)

Por Pablo Longa, miembro del Observatorio de Economía Política Internacional





Mark es un estudiante de Harvard que, tras una ruptura amorosa, decide (un tanto borracho) hacer una página de internet llamada FaceMash. La misma servía para elegir a “la chica más linda”. ¿De qué manera? La página ofrecía las fotos de dos chicas y los usuarios debían votar a la que les parecía más atractiva. El proceso se repite sucesivamente y así las mujeres van sumando o restando puntos, que determinaban su lugar en el ranking. Para realizar esta polémica página, nuestro protagonista debió hackear diversos servidores de Harvard con el fin de extraer los nombres y las fotografías de las estudiantes. Por supuesto que Mark fue castigado por esto, pero la popularidad alcanzada hizo que otros estudiantes pusieran sus ojos en él: los hermanos Winklevoss, que junto a su socio Divya Narendra, decidieron convocar a Mark para sumarlo como programador a un proyecto llamado Harvard Connection. A pesar de que nuestro protagonista acepta ayudarlos, nunca va a realizar aporte alguno al proyecto. Lo que sí va a hacer es empezar a programar su propio sitio web…


Este film biográfico (que le valió el Globo de Oro a su director, el estadounidense David Fincher) nos cuenta la historia de cómo fue creado Facebook y los conflictos judiciales que su creador, Mark Zuckerberg (interpretado por Jesse Eisenberg), debió afrontar con distintos demandantes.


El tema central de la película es la propiedad intelectual. ¿Qué es exactamente eso? Es el derecho de explotación económica sobre determinados productos (tanto físicos como intangibles). En el mundo existen distintas legislaciones, y cada una es más o menos amplia en cuanto al tipo de creación que ampara la propiedad intelectual. Existen distintos tipos de derechos de propiedad intelectual, tales como patentes, marcas comerciales, derechos de autor, entre otros. Cuando Eduardo, el amigo y socio de Mark, descubre que los hermanos Winklevoss y Narendra habían realizado una intimación para cesar la actividad de TheFacebook (así se llamaba la recién nacida red social) increpa enojado a nuestro protagonista. Mark le responde: «Lo nuestro es genial y popular y Harvard Connection es malo… Eduardo, no usé ninguno de sus códigos, lo juro… alguien que fabrica una silla linda no les debe dinero a todos los fabricantes de sillas… vinieron a mí con una idea, yo tuve una mejor». Cuando se habla de ideas o conceptos más generales, los límites de la propiedad intelectual son, muchas veces, difíciles de determinar. Sin embargo, las polémicas no se agotan ahí. Por ejemplo, en los últimos años se hizo cada vez más frecuente el uso de patentes. ¿Qué es esto? Es un conjunto de derechos exclusivos de los que goza el inventor de un nuevo producto o tecnología. Es decir, quienes desarrollan alguna novedad buscan patentarlas para poder obtener así, por un tiempo, el monopolio de su explotación. Existen patentes de todo tipo, pero unas de las que más polémica generan (sobre todo en países agrícolas como la Argentina) son las que se aplican a semillas modificadas genéticamente. Las empresas buscan a toda costa impedir la reutilización de sus productos (es decir, el uso de las semillas que se obtienen de cultivos realizados con semillas patentadas). Por lo tanto, la generalización de estas prácticas podría generar una gran dependencia de los agricultores respecto a las empresas semilleras. En definitiva, la propiedad intelectual puede encarnar el derecho de los artistas y los científicos de usufructuar su trabajo, pero también puede ser la excusa de nuevas formas de control y subordinación.


El desarrollo de la creatividad y el conocimiento nos traerá esta disyuntiva, y son, además, el otro gran tema de la película: Red Social nos habla de un nuevo tipo de empresas, de una nueva era del capitalismo. Algunos autores, como el economista y sociólogo Jeremy Rifkin, utilizan el concepto de tercera revolución industrial para referirse a los cambios en los sistemas de producción que tienen lugar desde mediados del siglo veinte, donde la automatización electrónica (robotización) y las tecnologías digitales adquieren un rol preponderante. En este sentido, los avances técnicos producen cambios cada vez más vertiginosos y estar atento a ellos se vuelve una obligación. También las nuevas ideas pueden ser significativas: en una escena vemos cómo un compañero se acerca a Mark para preguntarle si una chica de su clase está o no en pareja. Éste, medio dormido, le responde: «la gente no anda con un cartel que dice…» y repentinamente salta de su asiento para ir corriendo a incorporar el toque final a su proyecto. Según nuestro protagonista, el hecho de que los perfiles de Facebook muestren la situación sentimental de los usuarios va a ser clave para su difusión en el ambiente universitario. Innovar es introducir novedades, y en economía el término se refiere a la acción de mejorar un determinado producto o la técnica con la que se elabora, con el fin de aumentar su competitividad. Si bien en nuestro ejemplo la originalidad era conceptual y de fácil aplicación, buscar innovaciones requiere, por lo general, de una costosa investigación y por lo tanto representa un riesgo. Entonces: ¿Qué motivación tienen los actores económicos para emprender dicho camino? La existencia de una demanda insatisfecha puede ser lo que impulse a muchas empresas a buscar soluciones innovadoras. La competencia que existe en el mercado es otro factor importante, ya que hace que cada actor económico busque sacar una ventaja respecto a sus competidores. Entonces, tanto sea para querer llevar la delantera (ofreciendo un producto más eficiente o más económico) como para que no lo hagan nuestros rivales, la innovación se torna indispensable. Los avances científicos (aquellos que se producen por fuera de la compañía) y las posibilidades que ellos generan son también una motivación a la hora de innovar. Cuando aparece una nueva tecnología, cada rama de la economía intentará utilizarla en su beneficio.


Todos estos son temas que están en boga desde hace ya varios años y, junto con los cambios en las capacidades productivas, fueron surgiendo conceptos que buscan dar cuenta de esta nueva realidad. En tiempos más recientes, se popularizó la denominación de economía del conocimiento o industria del conocimiento para referirse a todos aquellos sectores de la economía que utilizan la información como elemento fundamental para generar valor. Por lo tanto, este concepto abarca potencialmente a cualquier rama de la economía: si bien el más evidente puede ser el ámbito de la informática, la innovación basada en el conocimiento puede potenciar a la industria, el transporte, las finanzas, incluso a la agricultura.


En este sentido, se escucha hablar también de economía de plataformas para referirse a las actividades económicas que giran en torno a las plataformas digitales. Empresas como Uber, Cabify, Glovo, Rappi, Zolvers o Airbnb irrumpieron fuertemente en los últimos años y ya son parte de nuestra vida cotidiana. ¿Qué tienen en común estas empresas? Una plataforma digital es el contenedor de datos que funciona, según la definición del profesor de economía digital Nick Srnicek, como intermediario entre distintos usuarios que pueden ser clientes, proveedores, anunciantes, etc. Siguiendo a Srnicek, las plataformas se caracterizan también por producir y depender de efectos de red (mientras más usuarios las usen, más eficientes serán) y algunos de ellos por utilizar subvenciones cruzadas (ofrecer una parte del servicio barato o gratis para atraer clientes, el cual se financia con los ingresos de otro sector de la empresa). Si bien esta nueva estructura empresarial puede ofrecer servicios de mejor calidad, también es verdad que frecuentemente se aprovecha de la falta de marcos regulatorios para mantener a sus empleados en una condición de precarización laboral. Así mismo, debemos destacar que, en la era en la cual los datos (muchas veces personales) se han transformado en el principal activo de las empresas más importantes, la seguridad informática cumple hoy un rol fundamental. Esta disciplina se ocupa de tres grandes pilares: la confidencialidad, la integridad y la disponibilidad. La confidencialidad es primordial para toda empresa, ya que, en caso de que alguien acceda a su información, esta última pierde valor y la compañía pierde intimidad y credibilidad. Cuando hablamos de integridad de los datos, nos referimos a evitar que la información se pierda, tanto sea ante robos o sabotajes externos como a accidentes o errores internos. Por último, disponibilidad refiere a la necesidad que las empresas tienen de contar siempre (y fácilmente) con su información, para funcionar de forma eficiente.


Con todo esto, el resguardo de la intimidad personal se ha transformado también en una preocupación cotidiana, generando un profundo debate sobre los alcances que tiene la manipulación de datos por parte de las grandes empresas. El castigo que recibió Mark por robar fotos para FaceMash contrasta con lo que fue el desarrollo posterior de las redes sociales: son ahora los usuarios quienes, voluntariamente, entregan su información a las compañías. Pongámoslo en números: actualmente (2020) Facebook cuenta con cerca de 40.000 empleados, 2300 millones de usuarios y es una de las 10 empresas más valiosas del mundo. Con los años, fue adquiriendo a otras importantes compañías de comunicaciones como WhatsApp e Instagram. Todo esto, transforma a la compañía en un componente clave en las interacciones sociales de buena parte de la humanidad.


¿Por qué son importantes los datos de los usuarios? El concepto de inteligencia de datos o big data hace referencia a un conjunto de datos sumamente grandes que requieren de tecnología avanzada para ser procesados. Sin embargo, se suele hablar de big data para referirse al análisis del comportamiento de los usuarios que se hace posible gracias a dichos datos. Este tipo de análisis se pueden aplicar en diversos sectores. Por ejemplo, en la película Moneyball (Bennett Miller, 2011) protagonizada por Brad Pitt, podemos ver la aplicación de datos y estadísticas avanzadas en el ámbito del deporte. El mundo de la política también se vio fuertemente influenciado por estas prácticas en los últimos años: los candidatos buscan analizar el perfil de sus potenciales votantes (y de aquellos a quienes aún pueden convencer) antes de realizar sus campañas.


¿Para qué más se utiliza la big data? Se puede usar para mejorar el sistema de transporte de una ciudad: analizando el flujo vehicular se puede concluir dónde conviene colocar una estación de bicicletas o por dónde debe circular un servicio de autobús. Las empresas de telefonía analizan las quejas de sus usuarios para saber dónde deben poner una nueva antena. Existen muchos más ejemplos de este estilo pero, como dijimos, estas prácticas no escapan a la polémica (y podemos verlo en un caso que involucra a la empresa de Zuckerberg): en 2018, medios estadounidenses denunciaron a la empresa Cambridge Analytica por usar datos personales de los usuarios de Facebook. Rápidamente, Zuckerberg tuvo que salir a pedir disculpas y admitió errores en el cuidado de los datos. Posteriormente, se vinculó a Cambridge Analytica con campañas electorales, como las de Donald Trump en 2016 y Mauricio Macri en 2015.


Sin lugar a dudas, las empresas informáticas tienen hoy un peso trascendental. Es por ello que en julio de 2020 el Congreso de los Estados Unidos citó a los directores ejecutivos de las principales empresas de tecnología (Facebook, Amazon, Apple y Google) para responder preguntas ante la comisión antimonopolio, que buscaba determinar si dichas empresas eran un peligro para la sociedad.


Sin embargo, no todo es distopía futurista: las nuevas tecnologías también permiten prácticas como la economía colaborativa. Este término surgió inicialmente para referirse al intercambio desinteresado de bienes y servicios (ponderando la idea de compartir), aunque actualmente existen muchas interpretaciones del mismo. Algunos autores consideran que cualquier empresa con fines de lucro debería estar excluida de esta clasificación, aunque otros presentan posturas más flexibles. Este movimiento plantea la importancia del acceso a los bienes, incluso sin ser necesaria la propiedad sobre los mismos. Las nuevas tecnologías informáticas, sumadas a un patrón de consumo un tanto irracional, en el cual solemos almacenar un sin fin de objetos que no utilizamos frecuentemente, permiten (y hacen deseable) el intercambio de bienes y servicios de formas mucho más eficientes. Aplicaciones como SwapAce o TradeAway permiten este tipo de canje, aunque su uso está lejos de ser masivo. En otras palabras, prácticas ampliamente usadas a través de la historia, como el trueque, se vuelven hoy más eficientes gracias a las nuevas comunicaciones. La idea de fondo sería mitigar el agotamiento de los recursos (producido por el interés egoísta) mediante un nuevo estilo de producción basado en el bien común.


Lo que hoy conocemos como economía colaborativa encarna perfectamente las prácticas que desde hace décadas promueven distintas organizaciones como, por ejemplo, el movimiento de software libre fundado por el programador Richard Stallman en 1983. La idea central aquí es la libertad: para ejecutar el programa, para modificarlo, para distribuirlo. Estas libertades permitirían que la misma comunidad vaya adaptando la tecnología a sus necesidades, generando mejoras y poniéndolas en común. Sin embargo, los debates en el interior de cada movimiento son constantes, y a veces generan ramificaciones. Desde fines del siglo pasado, se empezó a usar también el término software de código abierto que, a diferencia del software libre, se enfoca en los beneficios prácticos y no tanto en cuestiones éticas (no condena al software privativo).


A medida que el conocimiento se vuelve una herramienta cada vez más importante a la hora de generar ganancias, las disputas y los debates en torno a la propiedad intelectual y sus alcances se intensifican. Red social nos cuenta la historia de una de las compañías más importante de internet y de su fundador, uno de los multimillonarios más influyentes del mundo. Por eso, es una película ideal para sumergirse en las problemáticas de la economía, actual y del futuro.

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Centro de Estudios de Política Internacional - UBA