Joe Biden, el caballo de Troya que quiere gobernar Estados Unidos

Por Daniel Maffey, colaborador del Observatorio de Política Internacional.



El candidato a la presidencia por el Partido Demócrata formalizó su nominación con el cierre de la convención iniciada el lunes último en Milwaukee. Trayectoria, plataforma electoral y perspectivas de cara a las próximas elecciones del 3 de noviembre, en esta nota.


6 meses después de los siempre singulares caucus (una suerte de asamblea popular en la que aquellas personas registradas como votantes de un partido determinado se reúnen para elegir al candidato), en la jornada del jueves 20 de agosto y dando cierre a una convención demócrata virtual en sintonía con este 2020 de pandemia, Joseph Robinette Biden Jr. finalmente formalizó su nominación como candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos.

De esta manera quedará diagramado el duelo Demócrata – Republicano, protagonizado por Joe Biden y Donald Trump, respectivamente, con la siempre curiosa participación del partido Libertario, de Jor Jorgensen; el Verde, con Howie Hawkins y otra decena de candidatos cuyas boletas accederán a menos de la mitad de los centros de votación distribuidos en los 50 Estados del país.

Buscando articular la tentación implícita de atender la plena concentración que la figura de Trump supone, algo sobre lo cual el candidato demócrata ha contribuido (al menos hasta esta recta final), es que se hará mención al sistema electoral norteamericano y sus particularidades, el recorrido transitado por el ganador de las internas demócratas, así como la plataforma electoral azul y la variable China de cara al martes 3 de noviembre.

¿Qué se vota?

El 3 de noviembre aquellos ciudadanos norteamericanos mayores de 18 años y registrados (a excepción del estado de Dakota del Norte que no requiere inscripción previa) elegirán al próximo Presidente y Vicepresidente, un tercio del Senado (33 bancas) y toda la Cámara de Representantes (468 escaños), al tiempo que las elecciones estatales y locales también estarán en disputa sobre distintos puntos del país.

El campo de juego, como es sabido, no lo ocupa el voto popular. De hecho, tras la salida de la Argentina del sistema de colegios electorales en el año 1994, los Estados Unidos permanecen como el único país que utiliza este sistema que tiene en 270 el número mágico de representantes a alcanzar y donde puede ganar el menos votado (como ocurriera en 1824, 1876, 1888, 2000 y 2016).

En esto quedará también por definirse la composición de un Senado que, de momento, está dominado por 53 bancas republicanas (sobre las restantes 47 demócratas). Lo que requiere en este caso el partido de Biden es, al menos recuperar 3 asientos, contemplando una victoria nacional que otorgue a la vicepresidencia la potestad ejecutiva de inclinar la balanza hacia el bando azul.

En lo que a la Cámara de Representantes respecta (hoy con 234 demócratas, 200 republicanos y 1 independiente -Bernie Sanders-) se estima que el control demócrata va a poder amplificarse hacia el período 2021 – 2022.

78 años no es nada

Nacido en Scranton (Pennsylvania) y residente en Wilmington (Delaware), el recorrido de Joe Biden por la escena política de los Estados Unidos es en buena medida una extensión de su biografía.

Seis veces senador electo por Delaware y vicepresidente de los Estados Unidos en dos oportunidades bajo la administración Obama, quien buscará que la tercera sea la vencida (probó suerte en las internas presidenciales demócratas en 1988 y 2008) expone su trayectoria apretando Ctrl + H.

En 1972, con 29 años, se convirtió en el quinto representante del Senado más joven en la historia de los Estados Unidos, en tanto que de llegar a la Casa Blanca lo hará con 78 años, detalle no menor si consideramos que Ronald Reagan, quien fue el presidente más longevo tenía 77 cuando terminó su mandato (esto último lo igualaría Trump de 74, en caso de ser reelecto). ¿La renovación? No, thank you.

Las casi cinco décadas conjugadas de su tránsito político pueden (al menos injustamente) resumirse en aquellas participaciones que mayor impacto, al menos desde lo comunicacional, han representado.

Por caso, para 1987, el por entonces senador Biden lanzaba su primera aproximación a la presidencia, aventura prontamente estropeada por la filtración de un video en el que plagia un discurso del laborista británico, Neil Kinnock. La candidatura se retiró y Biden regresó a Washington donde se afirmó como cabeza de la comisión de Justicia del Senado.

Su tránsito por el Congreso dio forma entonces a una manera de hacer política casi explicitada a modo de eslogan sobre el entendimiento de que “el consenso no solo es posible, sino que es preferible”.

Como parte de ese resumen puede mencionarse que redactó la Ley de Control de Delitos Violentos en el año 1994, legislación que endureció las sentencias de prisión federal específica sobre los afroamericanos, mismo sector que propulsó desde Carolina del Sur su liderazgo en las internas 26 años después.

Se pronunció y votó a favor de la invasión seguida de guerra sobre la República de Irak en 2002, estando presente en la Casa Blanca cuando el por entonces presidente George W. Bush firmó la resolución autorizando el uso de la fuerza contra el país del suroeste asiático.

En tanto que se enfureció con el presidente Obama [1] al declarar públicamente su apoyo al matrimonio igualitario. Sobre todos estos puntos, Biden se ha mostrado arrepentido, algo que el ala progresista del partido Demócrata desestima y contempla como una candidatura, cuanto mínimo, perfectible.

Pero en esto último, además de advertir que el progresismo en Estados Unidos requiere de un análisis pormenorizado y actualizado, es importante recordar que Biden le ganó las internas a Sanders (el candidato predilecto del ala más progresista del Partido Demócrata).

En buena medida, además de buscar con ello un potencial margen de maniobra sobre cargos futuros e hipotéticos, Bernie abandonó la carrera electoral porque sus votantes de izquierda no salieron a apoyarlo, al menos no con la intensidad que una elección requiere.

Incluso, si bien Sanders no era miembro formal del Partido Demócrata (eligió permanecer independiente a lo largo de su carrera como senador), Biden invitó a miembros del comando de campaña del oriundo de Vermont a unirse a su equipo, concretando para el mes de mayo la formación de cuerpos especiales unificados para desarrollar la plataforma política del partido, con tres de cada ocho miembros escogidos por Sanders.

Moderadamente progresista

El desafío de Biden hacia el 3 de noviembre parece estar en lograr construir un equilibrio pragmático en la promoción de políticas públicas tanto para ganar la empatía de los indecisos, por un lado, así como para movilizar las bases (algo todavía por definir en plena pandemia para un país que cuenta más de 170.000 decesos) por el otro.

Esto es lo que asoma como conducente a lograr obtener la victoria en Estados de importancia mayúscula como Pennsylvania, Ohio, Wisconsin, Michigan y claro, Florida, donde trece de los últimos catorce presidentes electos ganaron.

En esta línea, y a partir de la eventual relevancia etaria a partir de lo mencionado en el anterior apartado, la elección de Kamala Harris como candidata a la vicepresidencia da un primer mensaje, no necesariamente bien recibido por la esfera progresista del partido demócrata.

Por fuera de las sostenidas críticas (nunca retractadas) por sexista sobre su ahora compañero de fórmula, el antecedente sustantivo tiene que ver con su rol como fiscal general de California, desde donde sostuvo una política muy dura sobre el crimen organizado y las minorías de un estado esencialmente blanco.

Pero el candidato es, en efecto, Biden y su plataforma [2], al menos para los Estados Unidos, puede pensarse, con un buen grado de racionalidad y memoria, como progresista. El candidato demócrata conjuga la idea de educación universitaria (comunitaria) gratuita, un salario mínimo de 15 US$ por hora y la amplificación por tres del crédito tributario por hijo.

En orden de urgencias atendibles, sobre el cambio climático el plan de Biden es similar al de buena parte de la esfera demócrata, donde bajo el auspicio del Green New Deal y la premisa de “ciencia, no ficción”, se programa asegurar que Estados Unidos alcance una economía de energía 100% limpia y cero emisiones netas a más tardar en 2050.

En lo que a un tema tan sensible y presente como el control de armas refiere, es uno de los pocos candidatos que, si bien tiene en su haber la recomendación de comprar escopetas y no fusiles de asalto, se adentra en detalles sobre planes que presumen un inevitable enfrentamiento con la siempre densa Asociación Nacional del Rifle (NRA).

Ideas como Medicare para todos, el desfinanciamiento de la policía, los impuestos sobre el patrimonio o la reestructuración del sistema de inmigración son proyectos que si bien no ganaron el voto popular sí los ubicaron con preeminencia en la agenda política demócrata y quizás también de Biden. En efecto, su plataforma es progresista, lo moderado quizás sea su historial.

La política exterior es China

Al menos frente al escenario electoral programado hacia el martes 3 de noviembre, el eje de la política exterior de los Estados Unidos parece estar centrado en la presencia China y los grados de dureza discursiva que los candidatos tendrán sobre la República Popular.

Este asunto antecede a la elección propiamente dicha y ha moldeado, con aparente éxito discursivo, la plataforma electoral de Trump, llevando a más de un desprevenido a trasladar aumentos arancelarios y cierres retroactivos de consulados como parte de una nueva guerra fría cuando quizás de fría tenga poco y de interdependencia mucho.

En esta línea es que se explaya Juan Gabriel Tokatlian [3] quien marca que para el año 1979, el de mayor intercambio comercial entre Moscú y Washington, el mismo fue de 4.200 millones de dólares, en tanto que para el 2018, entre Estados Unidos y China, el caso dejó unos 63.000 millones, en adición a la incidencia para nada desestimable de la inversión recíproca.

De igual manera, la experiencia norteamericana da cuenta de que, al interior del Estado, el eje de la política exterior, salvo a partir de una guerra explícita y reciente, pocas veces cobra mayor relevancia electoral.

Como mencionara Federico Merke [4], todo sugiere que hemos entrado en una etapa de las relaciones internacionales donde no hay una “razón de sistema”, sino una “razón de Estado”, en la que los incentivos para sostener un orden internacional liberal deben pensarse a partir de quienes son los “ganadores y perdedores” en este proceso.

“Una política exterior para la clase media también funcionará para asegurar que las reglas de la economía internacional no estén manipuladas contra Estados Unidos, porque cuando las empresas estadounidenses compiten en un campo de juego justo, ganan. Creo en el comercio justo”, comentó al respecto Biden en un artículo publicado desde Foreign Affairs [4].

El candidato demócrata promoverá entonces el “Buy american” (comprar industria norteamericana) como mantra, buscando solidificar una postura crítica sobre China, manifestar su intención de revivir la manufactura y atender a ese mismo electorado que para 2015 optó por poco margen, pero gran contundencia sobre la fórmula republicana.

Transitados los comicios y los fogoneos discursivos, el desafío demócrata parece descansar en la habilidad para amplificar la discusión transatlántica que Trump con su lógica de suma cero erosionó en esta primera administración.

El Presidente ha arruinado el Acuerdo Transpacífico, el peso específico sobre la Organización Mundial del Comercio (OMC) y las relaciones con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), entre otras. Sobre esta última aporta Biden una suerte de paralelismo o herramienta del corazón mismo de la seguridad nacional de Estados Unidos y el baluarte del ideal democrático liberal.

La recta final

De momento el escenario político nacional va solapado al económico y la obviedad de una macro que hasta enero de este año era la carta fuerte de Trump pero que con la pandemia representó una contracción del 34% para el segundo trimestre y lógicamente, los de momento, más de 170.000 muertos por coronavirus.

En caso de que Biden acceda a la Casa Blanca, Donald será el tercer presidente de los Estados Unidos desde la segunda guerra mundial que no es reelecto en el cargo (Carter y Bush -padre- completan este listado donde además la tasa de desempleo era 3 puntos más baja), algo no menor al momento de pensar en una para nada utópica crisis institucional promovida por quien hoy entiende al voto por correo como sinónimo de fraude.

Así las cosas, el equipo de transición de Biden figura dirigido por Ted Kaufman, quien es probablemente el miembro más progresista del círculo íntimo del candidato, aunque ese núcleo también incluye a Bruce Reed y buena parte del establishment demócrata.

En buena medida eso es Biden y su candidatura. Aunque resulta prudente advertir que, a contramano de su denominación, los grupos de poder también fluctúan y el establishment demócrata, sea por intención o necesidad, se ha desplazado progresivamente hacia la izquierda durante la última década.

En ese sentido, el candidato no parece ser un caballo de Troya, pero sí el representante de una agenda mucho más transformadora de lo que una primera y superficial mirada presupone.

Hasta ahora, la pandemia ha dado a Biden la oportunidad de hablar cuando y como quiso. Restará saber sobre el primer debate a atender el 29 de septiembre próximo si finalmente modera su propensión a decir cosas fuera de lugar. De momento, la tendencia fue el silencio.

La recta final encontrará en tres oportunidades a los candidatos como protagonistas del show que la elección e idiosincrasia nacional también conjuga, con un Trump que buscará reorientar su continuidad en la Casa Blanca ya no con promesas sino con cuatro años de realidad y la reversión discursiva del Make (¿o keep?) America Great Again como llamado a atender.

Lo cierto es que, como apuntara Herman Lebovics [6], Max Weber nunca resolvió por completo la cuestión de si el carisma fluía del individuo o de un grupo de seguidores necesitados de creer en él y sus profecías.

El 3 de noviembre nos volveremos a hacer esta pregunta.

Referencias bibliográficas

[1] Politico Magazine (2020): “Joe Biden in Winter” https://www.politico.com/magazine/story/2014/02/joe-biden-profile-103667 (acceso el 18/08/2020)

[2] Joe´s Vision (2020): “Bold ideas” https://joebiden.com/joes-vision/# (acceso el 10/08/2020)

[3] Webinar AERIA (2020): "Elecciones Presidenciales en Estados Unidos" https://www.facebook.com/aeriargentina/videos/2995348737257412

[4] Webinar AERIA (2020): "Elecciones Presidenciales en Estados Unidos" https://www.facebook.com/aeriargentina/videos/2995348737257412

[5] Foreign Affairs (2020): “Why America Must Lead Again. Rescuing U.S. Foreign Policy After Trump” https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2020-01-23/why-america-must-lead-again?amp&__twitter_impression=true (acceso el 13/08/2020)

[6] Nueva Sociedad (2020): “Estados Unidos: la pandemia y las elecciones” https://nuso.org/articulo/estados-unidos-entre-la-pandemia-y-las-elecciones/ (acceso el 17/08/2020)