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El final del modelo europeo

Por Facundo Jurisich, Estudiante avanzado de Ciencia Política (UBA). Especialista en teoría política y geopolítica. Redactor en Diario El Gobierno.



Energía barata de Rusia, seguridad pagada por Estados Unidos y comercio favorable con China. Esos eran los tres pilares del modelo político y económico europeo que se sostuvo desde los ‘90 hasta la actualidad. Hoy los tres elementos están en crisis, y Europa se enfrenta a una crisis cuya solución es, cuanto menos, extremadamente difícil. Empecemos explicando brevemente en qué consistía el modelo europeo.


Este modelo de desarrollo se basaba en abaratar algunos de los principales costos de cualquier economía. En primer lugar, el gasto en defensa era ínfimo gracias a la seguridad garantizada por Estados Unidos. Desde la creación de la OTAN, ningún país del mundo amagó siquiera con declararle la guerra a alguno de sus países miembros. Hacerlo no solo hubiera implicado librar una guerra contra Europa en su conjunto, sino también contra Estados Unidos, y ya presenciamos lo que hasta un país relativamente pequeño como Ucrania puede hacer con el respaldo de este gigante. Este subsidio a la defensa les permitía a los europeos destinar mayores recursos públicos al gasto social: subsidios, pensiones, etc.


En segundo lugar, el costo de la energía se veía reducido por la importación de gas ruso. Este gas era especialmente barato por tres factores: ya había una infraestructura de gasoductos heredada de la era soviética que conectaba a Rusia con toda Europa, el gas ruso se extrae sin utilizar fracking, empleando técnicas más baratas en su lugar, y Rusia vendía el gas con menores márgenes de beneficio que los de sus competidores, para asegurarse un mercado a mediano y largo plazo. La energía barata les daba a las industrias europeas una ventaja competitiva crucial frente a otras regiones.


Finalmente, China proveía de bienes baratos a los europeos permitiendo que tuvieran un salario real más alto. El diseño de los productos y las industrias más avanzadas se encontraban en Europa (y Estados Unidos), mientras que China exportaba bienes de bajo valor agregado a un precio bajo.


Es así que los europeos disfrutaban de salarios reales altos, gasto público elevado e industrias competitivas que aseguraban empleos bien pagos y estables.


Sin embargo, el mundo está cambiando y los tres pilares del antiguo modelo europeo se están resquebrajando a un ritmo acelerado. Lo primero fue la guerra de Ucrania, que llevó a un aumento generalizado del precio de la energía en toda Europa. Esto fue así no solo por la decisión política de importar menos energía de Rusia (si medimos la importación conjunta de petróleo, gas, etc), sino también por la destrucción de infraestructura crítica como por ejemplo los gaseoductos Nordstream.


Para más inri, uno de los países más afectados por los aumentos de la energía es Alemania, el corazón industrial de Europa y su principal economía. Esto debilita aún más a la ya débil competitividad industrial europea.


Es en este punto donde China pasa de ser un socio comercial a ser una amenaza política. A medida que el gigante oriental fue creciendo, también desarrolló su industria y su poder económico. Ya no solo fabrican las tazas de plástico o la ropa en las que la industria europea había perdido el interés: ahora compiten de igual a igual en industrias tan importantes como la automovilística (BYD, XPeng, etc), la telefónica (Xiaomi,  OnePlus, etc), entre otras.


Los chinos ya no se contentan con tener salarios bajos y fabricar lo que diseñan en Occidente, ahora quieren desarrollar su propio complejo tecnológico. En consecuencia, Europa estableció aranceles a los productos chinos, como por ejemplo a los autos eléctricos, pero China no se queda atrás. El pago de aranceles a la hora de importar ciertos insumos chinos, sumado a los aranceles para poder ingresar productos a China, suponen una pérdida de competitividad aún mayor para las industrias europeas. Además, el aumento del precio de los productos implica una pérdida de salario real para el trabajador europeo.


Hasta ahora la situación es mala, más no catastrófica, podríamos pensar. Es cierto: la industria europea perdió competitividad y los salarios están cayendo por partida doble (costos de la energía y aranceles), pero Europa todavía tiene la red de contención social más alta del mundo. Las pensiones, los seguros de desempleo, los subsidios, entre otras herramientas, podrían mitigar el impacto social de estas dificultades económicas. Sin embargo, recientemente Estados Unidos decidió poner el último clavo en el ataúd de Europa.


La estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos de 2025 y las acciones del gobierno norteamericano durante los últimos meses son claras: Europa debe abandonar sus pretensiones de autonomía, permitir que Estados Unidos los ayude a “corregir su actual trayectoria” (como se dice textualmente en la estrategia de seguridad nacional 2025) y pagar sus propios gastos de defensa (aunque no desarrollando una industria propia sino comprándole a Estados Unidos). Tal vez hoy Estados Unidos sea más explícitamente imperialista que nunca en la historia.

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Centro de Estudios de Política Internacional - UBA

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