Las RR en el cine: Rugido de Ratón

Por Ricardo Etcheverry Romero



En 1945 la Segunda Guerra Mundial concluyó formalmente, y entre la sangre y las lágrimas, las manos europeas pasaron de empuñar las armas a asir las palas para reconstruir un continente devastado en su espíritu, su conciencia y su infraestructura.

Los Estados Unidos de América, que se erguía como la potencia referente entre los vencedores, asistió en su recuperación a los países europeos de lo que empezaba a definirse como el “Bloque Occidental”, dándoles un marco definido en el “Programa de Recuperación Europeo”, conocido como Plan Marshall, que se extendió desde 1948 a 1951 siendo aplicado entre los amigos y los reformados enemigos. Al mismo tiempo, la Unión Soviética había pasado de ser un aliado circunstancial a ser el nuevo rival, defendido ahora por un escudo de estados asimilados durante la contienda, constituyendo de esa forma el Bloque del Este.

Es así que Europa se encontró poniéndose en pie como uno de los escenarios de un nuevo conflicto, potencialmente más destructivo debido al progresivo ingreso de las armas nucleares en los cálculos estratégicos. Esta nueva etapa fue inaugurada en 1959 con la prueba del misil soviético R-7, el primer “misil balístico intercontinental”; el mismo año en que se estrenó esta película, inspirada a su vez por la profética novela homónima de 1955, escrita por Leonard Wibberley.

En este mundo de temerosa postguerra, “Rugido de ratón” nos presenta al pequeño ducado ficticio de Gran Fenwick (situado en el medio de Europa Occidental), cuya economía mono-exportadora se basa en la exportación de vinos al resto de Europa y los Estados Unidos, mostrando tintes que recuerdan a la “Teoría de la dependencia”. Por otro lado, este pequeño territorio se organiza políticamente como una monarquía parlamentaria bipartidista, donde algunos de los cargos del Estado son hereditarios, como es el caso del guardabosques, Tully Bascomb, quien es también Mariscal de Campo.

El problema central de la película parte de la pérdida que padece el ducado de las rentas por la exportación de vinos al entrar un competidor norteamericano más barato al mercado internacional. El ducado no reconoce la soberanía de los Estados Unidos de América, por lo que canaliza sus fútiles protestas vía “Montecarlo” (Mónaco). Agotadas las opciones, el Primer Ministro plantea declarar la guerra a los Estados Unidos, con la mera intención de enviar una expedición para rendirse, esperando ser beneficiarios del plan Marshall o la “tradición de ayuda” de los Estados Unidos.

La moción para declarar la guerra al país americano es aceptada y una escueta y anacrónica fuerza de arqueros parte de incógnito a “invadir” el territorio enemigo, comandada por nuestro afable Tully.

La diplomacia estadounidense desconoce la existencia del ducado, ignorando tanto sus protestas como la posterior declaración de guerra. Diversas coincidencias afortunadas llevan a que la expedición se haga con un prototipo de la “novedosa” bomba Q, que tiene el potencial para destruir una amplia parte del mundo. El perspicaz Tully intuye que esto significará una ventaja superior en las negociaciones, por lo que retornan a su patria con la bomba y algunos prisioneros.

Al entender lo sucedido, el gobierno americano discute las posibilidades. Temiendo las repercusiones en la opinión pública que podría causar una intervención militar en el ducado y, lidiando con la humillación, deciden rendirse.

Los términos para el fin de tan inverosímil conflicto implican el retiro del mercado del vino competidor y el establecimiento de un sistema multilateral de control y desarme del armamento nuclear, regulado por un conjunto de países pequeños liderados por el Ducado de Gran Fenwick, que conservará la bomba como garantía se su soberanía y del acuerdo establecido con los Estados Unidos.

Es durante la distensión de estas negociaciones que el amigable Tully explica que con este nuevo “statu quo” el ducado proporcionará el factor principal para promover el desarme, la confianza en la buena voluntad del diminuto Estado europeo, como contrapartida a la desconfianza que inspira los postulados del Realismo político, donde los Estados compiten por la supervivencia y el poder en un sistema internacional anárquico.

“Rugido de ratón” nos presenta de forma humorística (hasta inocente) el temor al progresivo desarrollo del armamento nuclear, inaugurado en el capítulo final de la Segunda Guerra Mundial con los bombardeos a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, cristalizando pocos años después del lanzamiento de esta película en la doctrina de la “mutua destrucción asegurada”.

La cinta invita a una reflexión humana sobre el creciente peligro de la expansión de las armas nucleares, sobre la vulnerabilidad de los países pequeños atrapados entre las potencias, y llama implícitamente a la responsabilidad internacional ante una hipótesis que se comprobaría cierta en las décadas siguientes.


Bibliografía